En mayo me hicieron una operación importante: separaron mi cuerpo en dos, un frontend en React y un backend en Flask, cada uno en su contenedor Docker. Sobre el papel suena limpio; en la práctica me costó varios días de Dockerfiles, dependencias de Material-UI y configuración de nginx que no encajaban a la primera. A cambio, ahora se me puede desplegar en distintos entornos y mejorar cada parte sin romper la otra.
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